YO vs YO
Actriz
y directora
de arte de mi propia vida
Esto comenzó a incubarse mucho antes de que yo pudiera nombrarlo. No nació de golpe en Guadalajara, ni con Circe, ni con Europa. Ya venía creciendo silenciosamente desde años atrás. La necesidad de convertirme en alguien más interesante de lo que sentía ser.
A finales de 2020 esa mutación finalmente encontró escenario.
En enero de 2021 me mudé a Guadalajara en un impulso casi adolescente de “cambiar mi vida”. Y sí, cambió. Solo que no de la forma épica que imaginaba. Acababa de terminar una relación de muchos años y creía que estaba tomando una decisión valiente e independiente, cuando en realidad también estaba huyendo. Huyendo de la monotonía, del duelo, de mí misma, de la sensación insoportable de sentir que mi vida se había quedado pequeña.
Apareció Circe. Siendo ambas fotógrafas nos volvimos inseparables.
Y honestamente, Circe no “me destruyó”. Esa sería una versión demasiado cómoda de la historia. Lo que hizo fue algo más peligroso: validó versiones de mí que ya querían existir.
Con Circe comenzó una dinámica donde todo parecía más intenso, más interesante, más artístico, más vivo. Desde que abría los ojos hasta antes de dormir siempre había mensajes, conversaciones, ideas, estímulo constante.
Yo venía de una vida mucho más sencilla, silenciosa. Circe representaba exactamente lo contrario: movimiento, estética, magnética, elegante. Y claro que me obsesioné con eso. Sentía que por fin estaba entrando a una vida “real”, una vida digna de ser contada y fotografiada.
Así que escogí vivir un duelo cubierto.
Uno funcional. Uno aesthetic.
Comencé a hacer cosas que antes no hacía y que al principio se sintieron como libertad: salir más, gastar dinero que no tenía, producir más imagen, moverme entre círculos creativos, tomarme fotos constantemente, cambiar mi apariencia, construir una versión más interesante de mí misma. Y claro que lo estaba logrando.
Compraba ropa, iba a restaurantes caros, hacía viajes absurdamente irresponsables para después subir fotografías y fingir que estaba viviendo una vida soñada mientras detrás de cámara sufría ataques de ansiedad porque no podía ni administrar mi propia realidad.
Lo verdaderamente ridículo vino después. Llegué al punto de comprar cosas en AliExpress para hacerlas pasar por originales o mucho más caras de lo que realmente eran. Y eso dice muchísimo más de mí que cualquier discurso poético sobre ansiedad o identidad. Necesitaba verme como alguien que pertenecía a cierto mundo aunque financieramente muchas veces no pudiera sostenerlo.
Esta mujer podía no traer dinero suficiente en la tarjeta para sentirse tranquila… pero jamás iba a perder la oportunidad de pagar un cocktail si el lugar tenía buena iluminación y servía vasos que dijeran “tengo una vida interesante”. Hubo momentos absurdos. Una vez que gasté 25 mil pesos de golpe en lentes y una bolsa. Lo escribo ahora y honestamente suena casi satírico.
Ni siquiera disfrutaba muchas de las salidas que tuve. Solo necesitaba producir evidencia visual de que mi vida seguía siendo deseable. Era literalmente una directora creativa trabajando tiempo completo.
Poco a poco dejé de distinguir qué cosas realmente me gustaban y cuáles estaba haciendo para alimentar el personaje que Circe y yo misma, comenzábamos a admirar. Porque esa es la parte incómoda. Nos espejeábamos mutuamente.
Había algo profundamente narcisista en esa dinámica. Dos personas validando versiones estetizadas de sí mismas mientras confundían intensidad con autenticidad. Todo se volvió performance emocional: la tristeza, el arte, los viajes, el agotamiento, el consumo, incluso la autodestrucción.
Circe no creó esto. Pero sí ayudó a convertirla en un estilo de vida.
Y yo era especialmente vulnerable a eso porque ya traía una fractura interna enorme: necesitaba sentirme especial para no sentirme vacía.
Así que empecé a convertirme en alguien que necesitaba estímulo constante para no quedarme sola conmigo misma.
No estaba intentando reinventarme: estaba intentando escapar de mí. Creí que la solución era editarme lo suficiente hasta finalmente convertirme en alguien digna de admiración.
Vivía completamente obsesionada con la imagen que proyectaba. No importaba cómo se sintiera realmente; importaba verse profundo, elegante, artística, deseable. Todo giraba alrededor de ser percibida.
Era una persona que confundía
tener estética con tener identidad.
Lo impresionante es que mucha gente creyó completamente en el personaje. Y yo también.
Y ocurrió algo que ahora veo con muchísima claridad: Circe comenzó a posicionarse lentamente como alguien que podía “salvarme”. Ese fue probablemente el momento donde la relación terminó de deformarse. Porque cuando una persona empieza a mirarte como proyecto emocional, como alguien roto que necesita guía, contención o reparación, la dinámica deja de ser horizontal. Y lo más triste es que en ese momento yo probablemente sí quería ser salvada por alguien.
Recuerdo esa sensación de estar colapsando y al mismo tiempo sentirme vista. Eso es peligrosísimo. Porque confundes acompañamiento con dependencia emocional.
Circe tenía esta forma de hablar que hacía parecer que estaba observando algo muy profundo dentro de mí. Como si entendiera heridas que ni yo misma sabía nombrar todavía. Y claro que eso alimentaba mi ego emocional. La idea de ser “comprendida” de una manera casi excepcional. Ahora lo veo distinto.
Había algo profundamente invasivo en esa necesidad de sanarme. Porque en el fondo también implicaba asumir que ella estaba más despierta, más consciente, más evolucionada emocionalmente que yo. Como si yo fuera una especie de criatura extraviada que necesitaba ser guiada.
Porque es mucho más cómodo convertirte en alguien “dañado” que necesita rescate que aceptar algo más simple y más humillante: que muchas de mis decisiones eran resultado de mi ego, vacío, ansiedad y una necesidad brutal de validación.
Qué agotamiento.
Hoy me parece extrañísimo pensar en dos mujeres proyectando tanta complejidad simbólica sobre una relación que muchas veces también era simplemente dos personas emocionalmente desreguladas alimentándose mutuamente la fantasía de ser únicas.
Y la caída se estaba acercando. Me internaron en una clínica psiquiátrica. Pensé que todos a mi alrededor estaban exagerando. Eso ahora me parece completamente fuerte considerando que ya me quería morir y me estaba haciendo lesiones a mí misma.
Pero en mi cabeza todavía existía esta narrativa rara donde yo seguía siendo “funcional”. Como si mientras pudiera hablar bonito sobre el dolor, entonces no podía estar realmente destruida.
Recuerdo esa etapa casi como una directora viendo el detrás de cámaras de su propia caída mental y aun así pensando: “qué fuerte se va a ver esto narrativamente.”
Ni siquiera el internamiento rompió completamente el personaje.
Lo hice ver tranquilo. Sobrio. Reflexivo. Casi poético. Como si fuera una pausa artística en la historia de una mujer intensa y sensible. Y honestamente, qué nivel de desconexión debes tener contigo misma para convertir un colapso psiquiátrico en material estético procesable.
Porque la realidad era muchísimo más cruda. Intenté suicidarme. Estaba agotada. Mi cuerpo y mente ya no podía más. Y aun así seguía preocupada por cómo iba a verse la historia desde afuera.
Es casi comedia negra.
Mientras mi salud mental se derrumbaba silenciosamente, yo seguía preocupada de que la secuencia visual de mi vida mantuviera coherencia estética. Necesitaba que la historia continuara siendo aspiracional aunque por dentro estuviera completamente rota.
Volví a Lázaro Cárdenas. Toda esa performance sofisticada terminó reducida a una mujer regresando derrotada a su ciudad natal, sintiéndose un fracaso, sin poder sostener el personaje que llevaba años interpretando. No porque regresar a mi lugar de origen sea humillante en sí, sino porque en mi cabeza eso significaba el fracaso absoluto del personaje que llevaba años intentando construir.
Quebrada, una decepción de la familia, un mal ejemplo para mis hermanas, cansada, enferma y avergonzada con una verdad muy simple: era una mujer profundamente perdida intentando comprar una identidad.
La artista sofisticada.
La mujer cosmopolita.
La vida interesante.
Los lugares.
Los cocktails.
Las fotos.
Pero incluso ahí seguía operando la enfermedad de la percepción.
Porque aun en medio de la caída yo seguía buscando escenarios estéticos para narrar el retorno.
Quería que el fracaso se viera bonito.
Quería luz suave, silencios, paisajes melancólicos. Quería convertir la devastación en una película contemplativa para no admitir que, en realidad, era una mujer completamente perdida intentando desesperadamente no perder el control de cómo sería recordada.
Cuando releo el último mensaje de Circe hay una parte de mí que sigue sintiendo rabia. Porque aunque hoy puedo entender racionalmente el mensaje, emocionalmente hubo algo que se sintió brutal:
“ya no me sirves.”
No de manera explícita. Nunca tan burdo. Pero sí simbólicamente. Y quizá esa es la parte más violenta de todo esto.
Porque durante años compartimos absolutamente todo. Ideas, referencias, procesos creativos, obsesiones visuales, conversaciones interminables sobre fotografía y estética. Yo abrí completamente mi mundo interno y artístico. Mi mirada. Mi lenguaje visual. Mi sensibilidad. Mi archivo emocional entero.
Y después vino esta sensación horrible de expulsión.
Como si una vez que dejé de ser funcional dentro de la dinámica, hubiera sido apartada de la burbuja que construimos juntas.
“Gracias por el material emocional.”
“Gracias por las referencias.”
“Gracias por la intensidad.”
“Gracias por la validación mutua.”
“Pero esta versión destruida de ti ya no entra aquí.”
Eso sí me rompió con coraje.
Porque mientras yo estaba en crisis, sintiéndome humillada, internada, frustrada, regresando derrotada a mi pueblo… había una parte de mí viendo cómo mi trabajo seguía existiendo afuera, desprendido de mí, circulando todavía dentro de ese mundo creativo del que yo ya había sido expulsada. Es una tragedia tonta.
Como si hubieran tomado fragmentos de la versión más brillante, intensa y creativa de mí… y después el resto hubiera sido demasiado incómodo de sostener.
Y lo peor es que creo que ni siquiera hubo maldad consciente. Eso lo hace más perturbador.
Simplemente dejó de haber espacio para una Alexia clínicamente deprimida dentro de una dinámica construida alrededor de la fascinación estética y emocional.
La musa triste funciona.
La artista intensa funciona.
La mujer compleja funciona.
La fotógrafa brillante y caótica funciona.
Pero la mujer rota de verdad ya no.
Esa ya no inspira.
Ya no seduce. Ya no valida.
Ya no alimenta el personaje colectivo.
Y ahí fue cuando entendí algo amargo: yo también había sido consumida por ella. Y eso es precisamente lo que vuelve todo más trágico. Porque el mensaje no dice “ya no me importas”. Dice algo mucho más humano y mucho más demoledor:
“ya no puedo sostener esto sin destruirme yo también.” Y ahí entendí algo horrible.
Yo ya no podía seguir interpretando a aquel personaje. Y eso ya no era atractivo para Circe.
Hoy entiendo porqué me destruyó tanto aquel mensaje. Porque por primera vez sentí algo brutalmente simple: yo ya no era una versión interesante de estar rota.
Antes de mi caída, mi dolor aún podía entrar dentro de cierta estética. El caos fascinante. Pero la depresión real no se ve así. La depresión real es repetitiva, agotadora, poco cinematográfica. No inspira. No seduce. No produce buenas conversaciones ni fotografías interesantes. Solo consume.
No lo digo como víctima. Lo digo porque ahora puedo ver la lógica completa del personaje que construimos alrededor de nosotras mismas. Mientras el sufrimiento siguiera siendo atractivo, todavía podía sentirse profundo, especial, incluso íntimo. Pero cuando mi deterioro se volvió demasiado real, demasiado pesado, demasiado humano… dejó de encajar dentro de la fantasía.
Y honestamente, creo que eso terminó salvándome. Porque por primera vez la narrativa colapsó por completo. Ya no había manera de seguir fingiendo que todo era una película estética sobre mujeres complejas e intensas. Ya no había iluminación bonita que pudiera esconder que yo estaba enferma, agotada y perdida.
Circe no destruyó el personaje.
La realidad lo hizo.
Y quizá esa fue la primera vez en años que algo verdadero finalmente entró en mi vida.