Vivo con TLP

Nunca había sentido tanta despersonalización y vacío como estas últimas semanas.
Siempre me ha acompañado esa sensación, pero últimamente ha aumentado. Tal vez porque ahora soy más consciente de lo que me pasa.

No es depresión. Es desconexión.

EL VACÍO

Siento la mirada pesada, la mente distante. Puedo pasar horas acostada jugando en mi teléfono, disociada. Disfruto algo por unos segundos y luego pierdo el interés. Cuando salgo de mi cueva y me golpea la luz del sol, uso gafas. Cuando saboreo mi helado favorito, a la tercera cucharada ya no lo quiero.

A veces siento un pequeño estímulo cuando escucho mi canción favorita —la misma que repito desde hace tres años—. Siempre le encuentro significados diferentes.

La despersonalización me acompaña desde que tengo memoria. Me recuerdo como una niña cansada todo el tiempo. Distraída en mi propio mundo: a veces en blanco, otras llena de historias que inventaba.

Tengo un recuerdo muy claro. Estoy sola en el cuarto, parada al borde de las escaleras. Me aventé solo para sentir las cosquillas de la caída. Tendría tal vez tres años. Fue en la época que viví en Petacalco.

A veces, cuando despierto

—o antes de dormir—

me pregunto:
¿moriré hoy?

ESTÍMULO

Salí con algunos chicos y pude sentir algo.
Me levanté, me arreglé el cabello, y por momentos todo parecía emocionante.
No sentía nervios ni ansiedad por tener una cita. Muchos eran caballerosos, y sí, por instantes pude vivir lo efímero.

Una mirada.
Un romance por un día.
Un vino frente a la Torre Eiffel.

Un pequeño intercambio de anillos fue suficiente para matizar una mañana vacía. Fue un juego simbólico. Recordé esas líneas de aquella canción que me gusta mucho: “y en la mesa quitó mi anillo del dedo de en medio y lo colocó donde las personas ponen los anillos de matrimonio”.

Y ahí entendí algo:
no quiero que alguien me salve.
Quiero a alguien que agregue matices a mis días.

Él lo hizo.

Después conocí a Jesús.
Me gustó mucho. Pero mi cuerpo me traicionó.
Yo solo quería estar acostada.

Entonces vuelvo a preguntarme:

¿vivir una vida en desconexión

vale la pena?

¿existe esperanza?

¿cuánto tiempo necesita un cerebro

para recuperarse?

Los fármacos estimulantes son, por ahora, lo único que logra levantarme, aunque sea de forma temblorosa. Esto no es un estado de ánimo ni un acto voluntario por el cual me atormento.
No me gusta vivir así.

Cuando investigo sobre el diagnóstico de trastorno límite de la personalidad, los resultados no son agradables. Menos al leer: “es un diagnóstico que históricamente ha sido difícil de entender y aún más difícil de tratar con éxito.”

Tal vez por eso mi psiquiatra no me lo dijo durante mucho tiempo. Habría ido directamente a buscarlo todo y a estigmatizarme a mí misma.

Sentir tanto es intenso.
La fotografía ha sido mi forma de sublimación.

Pero sigo teniendo dificultades con los grises. Tiende a ocurrirme que divido a las personas en blanco o negro. Asigno sentimientos en blanco o negro.

Si alguien se vuelve negro,
lo destierro de mi vida para siempre.
Si alguien está en el blanco,

lo idealizo por completo.

Con el tiempo también he descubierto algo que muchos especialistas mencionan sobre el Trastorno límite de la personalidad: algunos de los síntomas más visibles suelen cambiar con la edad.

Las conductas impulsivas, las crisis intensas o las reacciones explosivas muchas veces disminuyen conforme una persona aprende a reconocer sus patrones, recibe tratamiento o simplemente gana más experiencia emocional.

Pero hay algo que para muchas personas permanece más silencioso y persistente: el vacío.

La sensación de desconexión,
la despersonalización, esa impresión de estar presente y al mismo tiempo lejos de uno mismo. No siempre se ve desde afuera, pero sigue ahí, como un ruido de fondo difícil de apagar.